Ordesa






Cercanías de Irati, 26 de octubre de 2014

Me pilló el final de la tarde en un cerro cubierto de arbustos, la pista que había tomado para alejarme de la carretera desaparecía en su cima. Un lugar tranquilo desde donde vi los últimos rayos del sol encendiendo de fuego unas nubes insignificantes. Ahora las nubes se han marchado y en su lugar hay trocito de luna sobre las lomas de poniente. Sentado en el todoterreno con el asiento del copiloto invertido de posición he improvisado una pequeña mesa que se apoya sobre la cama, una extensión de uno setenta por uno treinta bajo la cual está toda mi impedimenta en pequeños compartimentos que fabriqué soldando algunas chapas y cuadradillos de hierro. Frente a mí está el compartimento de la cocina que hace las veces de despensa; a su derecha se encuentra la biblioteca, el portátil, todos los aparatitos electrónicos que uso; detrás del asiento del conductor hay instalada una segunda batería que me suministra el servicio eléctrico que necesito, también hay una estufa de gas además de mis botas y algunas herramientas. Lindando con la puerta trasera hay otro compartimento destinado a la ropa, bastante porque preveía que iba a llover y necesitaba recambio, otro para los sacos de dormir, dos por si el frío aprieta, y uno más destinado también a despensa donde cargué con unos cuantos melones, cajas de leche, productos de nuestra huerta y alguna cosa suelta más. También hay un bidón de agua de veinticinco litros. Como se ve aquí cabe casi todo, aunque algunas cosas me he dejado, como la ducha por ejemplo, una muy chula que calienta el agua con el sol y que Victoria y yo usábamos colgándola de la rama de un árbol para conseguir presión. Usábamos porque mi hortelana se ha vuelto tan casera que ya dudo de que le dé un arranque para darse una vuelta por el mundo. Desde, primero, que tenemos huerta y se ha vuelto una apasionada de estas cosas, y segundo, desde que adoptamos dos gatas ya no hay manera de hacerla salir de casa. Cuando le propongo algún viaje siempre me dice lo mismo: ¿Y mis gatas qué? Sus gatas, porque sus gatas son muy especiales, nacieron salvajes bajo una furgoneta que usamos para herramientas y que está cubierta por todos los lados de yedra, y aunque Victoria las ha domesticado un poco nadie podría cuidar de ellas, teme que se marcharan y no volvieran. Ya sucedió que hiciera un par de viajes a ver a un amigo en Francia y no pasaba día que me diera el toque por teléfono para preguntar por sus gatas, sus gatas aquí, sus gatas allá; no creáis que preguntaba por sus hijos o por un servidor, de eso nada, su amor de esta edad madura son sus gatitas, Bartola y Peluca. Aunque también dudo de que se animara si no hubiera gatas. Hace cuatro o cinco años se me pasó por la cabeza la idea de viajar por Europa por tiempo indefinido en el todoterreno; pues bien, en aquella ocasión logré convencerla pero me adelantó que después de cuatro semanas me dejaría solo y regresaría a casa; ese era el convenio. Luego se animó y las cuatro semanas se convirtieron en cuatro meses de viajar de acá para allá llegando por el este hasta la misma capital de Ucrania. Eso sí, había que respetar y mucho sus gustos, que son muchos y que especialmente están relacionados con la música y el cine, tanto que la cosa llegó a tanto como para hacerme recorrer un millar de kilómetros hasta Odesa en el mar Negro, y todo para ver las mismísimas escaleras de la película de Eisenstein, El acorazado Potemkin, aquella tan buena secuencia en que un carrito de un bebé con el niño dentro rueda escaleras abajo.



Vamos, que más no me puedo ir por los cerros de Úbeda. Creo que de lo que debía de hablar era de Ordesa, esa era al menos mi intención. ¿Ordesa, Odesa? Va, no hay problemas, una r de más o de menos tampoco es para tanto. Además, lo que pueda decir de Ordesa en otoño ya lo sabe todo el mundo, maravillosa, sublime, el paraíso del fotógrafo. Por cierto, que hoy recorriendo el valle me acordé de Fernando Ruiz, el fotógrafo oficial del Navi, hombre apasionado de ese arte que consiste en recoger la luz que se posa aquí y allá, como las mariposas sobre las hojas, los ríos o los bosques, y enlatarla en su reflex para después servírnosla en colores de lujo. Sí, Ordesa era hoy un magnífico espacio para todos aquellos que disfrutamos tomando fotografías. Era domingo, así que os podéis imaginar cómo estaba el valle, a tutti plen. Cuando llegué no había ni un alma, que todavía la luz del sol era un pequeño resplandor perfilando las montañas, ahora, bastó que transcurriera una hora y media, dos para que aquello se convirtiera en la Gran Vía. Niños, pensionistas, familias enteras, grupos de amigos, montañeros y, no faltaría más, muchos fotógrafos, muchos como yo cargando con el obligado trípode, a hora tan temprana internados en el hayedo para recorrer los diminutos matices de luz que, diseminados por aquí y por allá vestían el hayedo-abetal de recóndita belleza; para sacarle al agua de las cascadas ese movimiento que sólo es posible con exposiciones de tiempos largos, esas fotografías en las que realmente el agua aparece como una masa en movimiento sobre un fotograma que por definición es la congelación de un instante.  




Mi caminata por Ordesa fue en esta ocasión gozo de los ojos como nunca. Todos los amantes de las montañas y los bosques deberían apuntar en sus agendas hacer una excursión anual durante el otoño al lugar. Voy a ver si proceso algunas de las tomas de hoy para ponerlas en el blog. No sé si habré sido capaz de reflejar mínimamente lo que allí viví esta mañana. De todos modos si vais a ver las fotos procurad verlas en el ordenador y a pantalla completa. Presiento a veces que la premura con la que hoy en día hacemos fotografías puede atrofiar nuestra capacidad de apreciarlas. A mí me parece un pecado, pecado mortal, ver buenas fotografías en el teléfono o pasar sobre ellas como distraídamente. Me pasa a veces cuando me encuentro con una buena fotografía, por ejemplo (no hablo de aquellas que tomamos para recuerdo de una excursión de amigos), sentir una excitación parecida a la que me suscitan los cuadros que más me gustan de la pintura universal. Encontrarte un árbol, unas rocas llenas de musgo y unos pocos helechos, recuerdo una toma precisamente así de Fernando Ruiz, recogidas en una fotografía afortunada, siempre me produce un placer muy especial. 
















El Nacedero del río Urederra





En las cercanías de Ordesa, 25 de octubre de 2014


Como guedejas sueltas al aire
el oro de las ramas
el rumor de las hojas temblando en la alameda,
junto al río,
un final de tarde como de verano.

Otoño,
abrir los ojos
y regocijarse en el asombro,
el mundo se ha hecho de nuez moscada y canela
de miel, de fuego, del trigo en sazón,
y sin embargo el sueño me puede,
dormito frente a los álamos
dulce sueño sin moscas
tras la caminata al nacedero del Urederra,
hermoso rincón de esta castigada tierra, España,
donde el río azul turquesa,
joya engastada en el oro del bosque,
se agita en breves precipicios al alba,
canta, se despereza en los remansos,
lujoso en su transparencia glauca
de agua submarina,
en tanto el caminante,
alma de asombro y gozo,
atraviesa este milagro al alba,
al alba al alba
quiero que no me abandones
amor mío al alba, al alba al alba.

El alba brota, tierra de gracia,
del manantial del cielo,
sube a las ramas, trepa los troncos,
hojas tostadas,
sienas y amarillos mostaza
surgen del fondo de la noche,
vuelan, los atrapo,
en la cámara oscura de mi cazamariposas
quedan vibrando
junto a la emoción del viajero,
como en una fiesta.

Al alba al alba
gozo no me abandones,
gorjeo de agua y silencio,
armonía al alba al alba.




 Cada día un otoño, ese parece el compromiso no mencionado pero que día a día va cumpliéndose con toda regularidad, ello pese a la distancia que separa un otoño de otro, como es el caso de hoy al final del día que, derivando muy al este he venido a parar, atraído por la posible magnificencia de un paraje tantas veces visitado, a las cercanías de Ordesa. Uno sale de casa y comienza una nueva vida en donde los hábitos y las rutinas todavía no se han establecido y sucede que las rutinas, por mucho que en ocasiones no merezcan nuestra aprobación, son un buen medio en donde ir colocando esto o lo otro, los actos del día; las rutinas nos ahorran el trabajo de estar continuamente tomando decisiones. El cerebro, ante una nueva aventura, se ve en parecida situación a ese río que crece en demasía y no teniendo cauce por donde encauzar sus energías desciende despistado y como esperando que el curso de los días en su camino hacia el mar pueda encontrar de nuevo ese anhelado cauce que lo llevará ya sin sobresaltos a su destino. Es difícil hacerse una composición de cómo serán los días venideros cuando se sale de casa, a no ser que uno esté repitiendo una experiencia asiduamente. Así me sucede a mí estos días, que después de unas cuantas jornadas de viajar y caminar, es como si las rutinas parecieran que se consolidan; ya se sabe que el hombre es un animal de costumbres.
Mi rutina de hoy: despertar una hora y media antes del amanecer, para poder llegar al alba a Baquedano, desayunar, hacer mi recorrido del día, buscar para mi cámara los rincones más bellos, leer un rato si la cosa se presta y tratar de estar de vuelta para la hora de la comida. Buscar un restaurante o hacerme la comida, como hoy, junto a un río o a la sombra de una chopera, estudiar el siguiente destino, conducir hasta él o sus cercanías y dedicar lo que queda de tarde a hablar un rato con Victoria, a leer, a escribir y a procesar mis fotografías. Con esto mi rutina queda completa.


No pensé cuando salí de casa que pudiera encontrarme cada día al comienzo de algún otoño notable, pero sí, sí es posible de momento. Si me acompaña la suerte con el tiempo mi recorrido otoñal lleva trazas de ser amplio y fructífero. Estos días me parezco a los recolectores de setas, busca que te busca por aquí y por allí en los bosques mis setas de luz y color.


Mañana espero estar en Ordesa antes del amanecer; por la tarde volveré por la misma ruta camino de Irati y de la hoz de Lumbier para dirigirme definitivamente hacia el oeste recorriendo Navarra, el País Vasco, Cantabria, Asturias y León. He encontrado un saco de otoños posibles para mis paseos en Internet, la mayoría de ellos desconocidos para mí. Tengo la impresión de que esta aventura puede durar tanto como duren las hojas sobre las ramas de los árboles, hasta el momento en que la magia y el esplendor del otoño dé paso al rigor del invierno. Ya veremos, todo se andará.



Quizás antes de terminar, y para aquellos que quieran conservar en su recuerdo el rastro de lugares hermosos por si llega el momento de visitarlos, deba decir que el Nacedero del río Urederra es uno de los lugares más bellos de nuestro país. Se trata de un espacio no muy extenso, un valle cuyo eje central es el río, cubierto principalmente por hayas, muchas de ellas centenarias. La discontinuidad de las laderas y lo abrupto del terreno ofrecen una espléndida oportunidad al río para precipitarse en armoniosas cascadas y recrearse en remansos donde el color del agua de un azul turquesa bellísimo fosforece y da un pincelazo definitivo al lugar. Hay que madrugar, tened en cuenta que la sutileza de los colores y las formas se prestan mucho mejor al observador cuando todavía el sol no ha llegado al interior del bosque. Eso o tropezarse con un día cubierto, o mejor de niebla, entonces será como un entorno de cuento. 








La Laguna Negra y Sierra Cebollera en Tierra de Cameros



Villoslada de Cameros, 24 de octubre de 2014

Los criterios que seguí para elaborar esta ruta otoñal fueron un tanto simples, me limité a teclear en el Google cuáles eran los mejores paisajes otoñales de la Península, así de simple, no tenía ganas de hacer mayores averiguaciones. Luego descarté aquellos paisajes que me quedaban un poco lejos de la ruta más concurrida que se centraba a uno y a otro lado del eje Madrid-Santander. El Pirineo quedó también descartado, aunque todavía en estos momentos dudo si me acercaré a Ordesa, Añisclo y a Irati. Veremos, de momento he oído en la televisión que tenemos por delante una semana y media de buen tiempo, lo que quizás me anime a desplazarme hasta el Pirineo. El plan para mañana tras la excursión de sierra Cebollera en Tierra de Cameros, está en el entorno del nacimiento del río Urederra, en Navarra, del que Toni Calderón dice: “El agua color turquesa y el increíble bosque de hayas hacen de este paraje uno de los más bellos entornos naturales que conozco.” Continúo pues mi viaje hacia el norte, cada día un bosque, cada jornada un trotada por el otoño hispano.

Hoy había pernoctado a doscientos metros de la Laguna Negra. Después del paseo que me había dado el día anterior, paseo de pintor o fotógrafo si se quiere, sólo con el único propósito de recoger en mi cámara cuanta belleza andaba todavía revoloteando por los alrededores de la laguna, decidí que con aquello era suficiente para un lugar que conocía bastante bién, la ascensión al pico de Urbión podría esperar para otra ocasión. Así que las del alba serían cuando desayunado y lavadas las legañas arranqué para dirigirme a Montenegro de Cameros primero y después a Villoslada de Cameros desde donde parte un camino que primero sigue el curso del río Iregua y después zigzaguea lomas arriba por entre hayedos y pinares hasta los mil seiscientos metros para terminar bajando a la ermita de la Virgen de Lomos de Orios, un plácido lugar donde crecen un puñado de enormes álamos que adornan el sitio con el consabido dorado otoñal. Más tarde el sendero desciende y, siguiendo el arroyo del Puente de Ra, alcanza la cascada del mismo nombre.


Mucho antes de llegar aquí yo ya me había introducido en mi acostumbrada lectura, primero probé con un título de Fitzgerald, A este lado del paraíso, pero la grabación era tan mala que costaba trabajo entenderla; opté por abrir un tomo de filosofía, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía. La verdad es que con esta elección lo que trataba era de irme aproximando poco a poco a “esa entrada en situación” que decía ayer el amigo José María Abarca; en un comentario en Facebook a mi última entrada escribía que era verdad, “que era difícil entrar en situación, pero que cuando lo consigues te haces enorme, te haces a ti mismo”. No sé si será para tanto pero sí es cierto que la cosa requiere un trabajo, requiere soledad, receptividad, estar atento a lo que pasa a tu alrededor y dentro de ti mismo. Schopenhauer es una buena elección para tratar de encontrar una cierta altura, temas que vertebren este paisaje otoñal que he venido a recorrer.
En sí mismo el otoño es ya una metáfora que puede ayudarme a despertar de mi largo periodo de tránsito, el tiempo que va desde que regresé de los Alpes y el instante actual, algo nuevo, algo diferente; ¿el qué?, no sé, sigo sin saberlo. Todavía estoy en periodo de adaptación. En el otoño que comencé este blog había un clarísimo leit motiv. Las cosas del corazón me ocupaban por entero y por fuerza era incapaz de escribir una línea sin referirme siempre a lo mismo, incluso en las ramas desnudas de los árboles de aquel final de otoño era capaz yo de ver la forma desnuda de un amor frustrado. En éste, si hubiera de hablar de algo que estimula mi ánimo en especial creo que sólo lo encontraría en el ámbito político, en la esperanza que está empezando a germinar en mí, no sin cierta prevención, con el nacimiento de Podemos. Pero aun así no es esta clase de asuntos de los que yo espero un especial refrigerio, se trataría de algo más personal.

Tratar de encontrar algo que no se sabe lo que es, o mejor ni siquiera tratar, tan sólo perseguir un presentimiento, saber que hay un momento en  que es posible un cierto alumbramiento, una intuición, acaso un párrafo, unos versos que hablen de la oscura razón de ser, algo que me haga profundizar más en la simplicidad, en la sencillez de la vida frente al marasmo de un organigrama mental influenciado por los hábitos y costumbres que rigen la concepción del mundo de una gran mayoría. Mantenerse al margen de los usos que apenas aportan nada a nuestra persona, defenderse de la presión social para volver a una vida más sencilla. Los largos paseos por la naturaleza ayudan a mantener cierta higiene mental, cierta distancia de ese maelstrom  que se apresta a engullirnos en un estúpido y terrible torbellino. Hace poco escribía un post desde los Alpes con motivo de la muerte de Botín que comenzaba: “Epitafio para la tumba de un banquero: Aquí yace un imbécil”. Apártanos Señor, sí, de una vida estúpida y danos el regalo de una existencia interesante y rica. La imagen de un budista o un yogui sumido en una larga meditación es adecuada, si no pareja a lo que uno puede hacer perdiéndose entre barrancos y hayedos.

Poetas hay que desesperan en la búsqueda de una verdad que florece en pocos e inaccesibles parajes, poetas cuyos versos nacen del dolor y del desgarro; Baudelaire, Hölderlin pertenecieron a esta clase de hombres. No merece sin embargo el hombre que busca la verdad un destino tan duro, vida harapienta, locura, aunque sus versos puedan ser sublimes. El acercamiento a la verdad debe ser posible para hombres de a pie sin necesidad de dejar la piel en el intento. Estos días atrás, relacionado con el tema del ébola, tuve el presentimiento de que los misioneros que viven en apartados rincones del Tercer Mundo, son personajes que pertenecen a esa categoría de individuos que se acercan bastante a la verdad. Pero tampoco ellos son un ejemplo a la medida de un hombre de mi edad que carga con una dosis de egoísmo personal, acaso por cobardía, imposible de hacer entrega a los demás de manera tan generosa y desprendida. Uno, que considera que carga con una buena dosis de vulgaridad y no aspira a tanto heroísmo. Debatirse en la mediocridad para intentar salir lo mejor parado posible, esa parece ser la cuestión. 











En el barranco del Río Lobos





Laguna Negra, 23 de octubre de 2014


No deja de ser curiosa esta afición de querer aclararse, buscarse a uno mismo yendo a patear hayedos y barrancos. Esto iba pensando según me acercaba a la ermita de San Bartolomé. El sol empezaba a bañar los altos del barranco llegando a la ermita. Hay veces en que no es fácil entrar en situación, encontrar ese clima de recogimiento, de nosequé que te permite moverte por la escritura y por las ideas con soltura, cuando esto se da uno se mueve con familiaridad y la cosa fluye cada tarde casi sin darte cuenta. No es el caso todavía. Me encuentro embotado, rígido, como no aterrizado todavía en los bosques. Me falta el estado de gracia de otras veces, la inmersión mental en ese mundo al que me aproximo. No basta estar físicamente en él, es necesario estar allí también espiritualmente para que salga algo que merezca más o menos la pena.



El barranco os lo podéis suponer cómo está en esta época, y más a esta hora en que las luces son todavía una caricia sobre la roca y las hojas de los árboles. No es que al que madruga Dios le ayuda, es que la calidad de la luz de la primera hora del día y aquella otra del mediodía no tienen nada que ver; esta última es excesiva, rompe las formas, aplana los colores. La fotografía es luz, es la luz la que quema el negativo o fija las formas sobre una pequeña célula, y si la luz no es buena, no es generosa, no se deposita sobre los objetos y las formas con la suave delicadeza del contacto de la seda, no hay nada que hacer. Recuerdo un otoño lejano en que había empezado a trabajar en una pequeña escuela de Asturias, en el valle del río Narcea; cuando llegó el mes de septiembre me levantaba antes del amanecer y, cargando con dos cuerpos de Canon, un trípode y varios objetivos, me iba a recorrer las riberas del río y a hacer largas caminatas por los hayedos a la búsqueda de ese mundo esencial que en pocos minutos empezaría a encenderse con la suave caricia de los primeros rayos del sol. Todo ello antes de comenzar a trabajar en la escuela que debía abrir a las diez de la mañana. Emboscado como un cazador furtivo perseguía en el amanecer los colores, su despertar, sorprendía el rocío sobre las hojas de los brezos, sobre los prados de aspecto aterciopelado con su manto blanco matinal. Mi afición fotográfica al otoño viene de aquellos primeros años de escuela en el pueblecito asturiano de Gedrez, o Xedrez, como lo nombran ahora.




Lo de hoy era muy parecido a aquello, hoy con la ventaja de que no tenía que escatimar tomas. Entonces trabajaba con diapositivas Kodacrome y había que prepararse y pensárselo dos veces antes de disparar, entre otras cosas por el precio del negativo, no como ahora que sacamos tropecientas fotografías, y muchas veces con un derroche poco respetuoso con el arte fotográfico, que parece dejar demasiado espacio a la casualidad de que entre tantas fotografías alguna salga buena. Estar solo en un lugar tan especial y tan bello, entreteniéndome todo lo que hiciera falta para hacer determinada toma, era una bendita suerte esta mañana. El agua y sus reflejos, la amplísima colección de ocres, el rumor de la brisa en las hojas de los álamos, la esbeltez de las formaciones rocosas, dos enormes farallones guiando el curso del río. Si sólo hubiera sido un caminante habría sido un delicioso paseo, pero hoy era más que caminante, hoy tenía más de cazador meticuloso que busca cuidadosamente su presa entre los colores y las formas que la mañana empezaba a dorar aquí y allá.




Cinco horas duró mi paseo por el barranco. En realidad mis palabras en ocasiones como ésta deberían ser tan solo una apostilla a las fotografías, las verdaderas protagonistas. Sólo que la precariedad del material con que debo trabajar las fotos, un portátil del año catapún en unas condiciones rudimentarias no va a hacer posible sacarle todo el rendimiento a mi safari fotográfico.



A la tarde me dirigía desde el barranco del río Lobos a Montenegros de Camero, pero dudaba todavía en pasar o no antes por la Laguna Negra, que aunque la he visitado muchas veces todavía me atraía, la última vez que estuve allí fue precisamente un mes de octubre y entonces reinaba un otoño magnífico. Pasé sin más la desviación camino del puerto de Santa Inés, pero no me había alejado medio kilómetro cuando cambié de opinión. Así que di media vuelta y me adentré en los pinares. El sol estaba a punto de desaparecer pero más arriba todavía las hayas fulgían magníficas mezcladas con los pinos. Los inevitables recuerdos del relato de Machado de los hermanos Alvargonzález, una excursión familiar en la que acampamos por encima de los farallones de la laguna y en que a la noche me fue imposible pegar ojo, en esas cosas pensaba mientras el todo terreno subía perezosamente la pendiente de la carretera. En aquella época habíamos comprado una amplia parcela y la casa en donde ahora vivimos y la situación administrativa de la vivienda no permitía que pidiéramos un prestamo hipotecario, tan sólo era posible un préstamo personal que habría que resolver en tres o cuatro años, no recuerdo bien. Es decir, todo lo que ganábamos se lo llevaría el banco en los siguientes años, lo que nos obligó a vivir durante este tiempo de la huerta y poco más. En esta situación estábamos en aquellos momentos y mis nervios no me dejaban dormir. La noche que vivaqueamos por encima de la laguna la recuerdo perfectamente después de más de veinte años. Recuerdo que aquella noche de duermevela que me mantuvo despierto hice toda clase de proyectos, todos encaminados a sacar dinero para pagar el préstamo. Alguno de ellos, el más original y fiable para mí consistía en la excentricidad de vaciar la piscina y dedicar aquel espacio a criar cerdos. Podéis imaginaros el asunto. Pasé la noche montando la pocilga, amén de trabajar en algún que otro proyecto más. Cuando ameneció todavía andaba solucionando los problemas de limpieza de aquella improvisada vivienda para los cerdos. He tenido otras noches de insomnio a lo largo de mi vida, y es curioso en casi todas ellas hubo algo significativo, la excitación nerviosa al final de una larga aventura pirenaica de toda la familia en una alameda en donde Bartolo, un perro lanudo que encontramos por el camino, dormía acurricado a mi lado mientras yo rehacía el recorrido de la alta ruta pirinaica que acabábamos de concluir; el final de un largo viaje por Alaska y Canadá en un camping; una larguísima nochevieja solo en el refugio Zabala, toda la noche reflexionando sobre lo divino y humano; también cierta ocasión en que pasé una semana con mis alumnos en el Puerto de Navacerrada, un campamento escuela en que transformamos el hostal en barco y la laguna de Peñalara en la Laguna Negra para adaptarla al relato de los hermanos Alvargonzáles que yo les contaba cada noche, esas historias de miedo que tanto gustaban a mis alumnos y que revivían al día siguiente in situ en nuestra ascensión a la laguna.

Algunos lugares tienen una capacidad de evocación maravillosa. Lo tenían hoy mientras hacía los once kilómetros que llevan a la Laguna. No perdí tiempo, nada más llegar tomé el trípode y la cámara y salí disparado a fin de aprovechar las últimas luces. No creo que dispusiera de más de media hora pero tuve suerte con la poca luz que quedaba. Tomé el sendero que lleva a Peña Ubiña y me fui a buscar el río, donde sabía que en otra ocasión había recolectado alguna buena fotografía. Localicé una pequeña cascada, saqué el trípode para hacer fluir el agua en mis tomas y después seguí riachuelo abajo buscando colores en un bosque en el que anochecía ya irremediablemente. No obstante algunas largas exposiciones creo que van a dejar unas buenas tomas. Mañana lo veremos. En esta ocasión quiero centrar cada uno de mis post en un lugar y el lugar de hoy fue el Barranco del río Lobos. Ya le llegará su turno a la Laguna Negra al día siguiente.